España y Cataluña: trescientos años de historia

La mayor de las pérdidas que sufrió Cataluña como consecuencia de la derrota de 1714 fue, en mi opinión, la de un proyecto político que, en el transcurso de más de cuatrocientos años, desde las Cortes de 1283 hasta las de 1706, había elaborado un sistema de gobierno representativo que, con la democratización que había culminado con las cortes de 1702 y 1706, figuraba entre los más avanzados y democráticos de Europa, según habría de reconocer el propio Felipe V al justificar su voluntad de destruirlo con el argumento de que los catalanes, después de lo que habían conseguido en las últimas Cortes, tenían más libertades que los ingleses con su gobierno parlamentario.

El miedo a que ese sistema pudiese conducir a la creación de una república, como temía el conde de Montemar, quien afirmaba que los catalanes eran “idólatras en sus privilegios, con unos visos de república en su media libertad, que si no la han logrado entera, no se dude que lo han pretendido ”, no estaba justificado. El republicanismo aparecería en los momentos finales de la resistencia, hacia 1714, en un clima de exasperación, cuando se sabía que Felipe V no aceptaba hacer ninguna concesión con respecto a la conservación del sistema político catalán.

Sostengo que ésta fue la pérdida más grave, porque el conjunto de leyes, libertades y garantías que integraban este sistema era necesario para asegurar la continuidad del rumbo que estaba siguiendo la sociedad catalana, que a comienzos del siglo XVIII parecía dirigirse hacia una forma de evolución similar a las que seguían Holanda o Inglaterra, asociando un proceso gradual de democratización al desarrollo de una economía capitalista.

Con todo, lo que hoy tiene que quedar claro es que el proyecto catalán no se había planteado en términos de separación. Los lazos que se habían establecido con Castilla o con Andalucía por la vía de las relaciones y de los intercambios eran lo suficientemente fuertes como para aspirar a conservarlos en una monarquía compuesta, del estilo de lo que sería el Imperio Austrohúngaro. Los catalanes eran verdaderamente conscientes, además, de que el éxito que pudiesen conseguir en sus demandas de libertad era una condición para la democratización del conjunto de los reinos de la monarquía, que es lo que explica que sostuvieran durante la guerra que su lucha era también “por la libertad de todos los españoles”. Su derrota significó, en efecto, que las posibilidades de evolución política de la Corona de Castilla se aplazasen al menos un siglo.

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