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Editorial: ¿Pactos de la Moncloa o nuestro pacto para tomarla?


No estoy muy seguro de que ustedes estén de acuerdo con el gobierno provisional. Pero sí estoy seguro de que cuando os dicen dulces discursos, y los llenan de promesas, ellos os están engañando y con vosotros a todo el pueblo ruso. El pueblo necesita pan y tierra. Y ellos dan guerra, hambre, falta de comida, y las tierras se quedan para los terratenientes. Marineros, camaradas, tenéis que luchar por la revolución. ¡Luchemos hasta el final!

(Lenin llega a Petrogrado, 15 de abril de 1917)

Ya nos hemos referido en anteriores comunicados y textos a la gravísima crisis de salud pública desatada por el nuevo coronavirus Covid-19. En este número se vuelve sobre ello. Nos limitamos en estas líneas a mostrar nuestra convicción acerca de por qué la catástrofe ha sido particularmente grave en España, con la mayor tasa poblacional de mortalidad. Además de cómo se ha dejado vendida a la sanidad pública, ha jugado un papel nefasto la desestructuración del resto de la economía real, incapaz de ofrecer las infraestructuras y suministrar los materiales necesarios. Pero no solo. Súmasele a ello la falta de previsión y la improvisación de las instancias gubernamentales, en medio de una crónica inestabilidad política donde importaba más preservar o disputar roles en la farsa politiquera que la tragedia provocada entre el público.

Efectivamente, no puede obviarse el contexto de disputas internas dentro de un régimen del 78, en persistente crisis de legitimidad, en el que se forma por fin un gobierno después de una larga interinidad del sobreviviente Sánchez. Cuando emerge la gravedad de la epidemia, no se sabe a ciencia cierta si el personaje estaba muy afectado por no poder dar satisfacción al “ala progre”, con las más que timoratas medidas sociales prometidas, o realmente aprovechó rápido para adoptar el rictus de hombre de estado “alarmado” y buscar el anhelado apoyo a “siniestro” y… diestro. Tampoco creemos que el coronavirus le haya amargado al ministro Ábalos al tener que dejar de lado el nuevo talante con los independentistas. Cabe pensarlo a tenor de sus declaraciones de que aquí hay que apuntarse sí o sí al “proyecto de reconstrucción nacional de España”. Sin duda, no le habrá venido mal que Rufián diga que “me imagino que si alguien me ve ahora mismo pedir la autodeterminación en la tele, igual tiene la tentación de tirarme el mando a distancia".

Hay que asumir, entonces, que de hecho se va a dar una cierta saturación del lado diestro del tablero más allá de retóricas de cara a la galería. Sin embargo, no por ello esa suma de facto al lado oscuro de la historia tiene por qué ser la que finalmente decida el curso de esta. Todo dependerá del grado de independencia con que por aquí “a ras de calle” se diagnostique y remedie la madre de todas las crisis que se avecina.

Precisamente en lo que a diagnósticos se refiere, venimos advirtiendo del intento de utilizar la emergencia sanitaria para tapar la verdadera naturaleza y el sentido histórico de la tremenda recesión anunciada. Esta se prevé como superior al estallido sistémico de 2007-2008, donde ya sabemos que España entró en el club de los PIIGS (de “cerdos” en inglés). Conforme se vaya superando el shock sanitario inicial, pasarán cada vez más a un primer plano las brutales consecuencias sociolaborales de dicha recesión de caballo y la preocupación del establishment de que no se les insurreccione la situación. Ahí los tenemos maniobrando para “desconfinar” de forma matarife la fuerza de trabajo de la clase obrera pero al mismo tiempo prestándose a mantener confinada su fuerza de lucha realzando el aspecto meramente represivo del estado de alarma sanitario (1). En cualquier caso, no dejarán la demagogia como arma para infectar nuestra independencia de clase y no dejarnos tomar la iniciativa.

La burguesía y sus gestores, también de la pluma, se caracterizan por “darnos razón en el diagnóstico y en que hay que salvar a los más depauperados” cuando ya lo evidente toma carácter de masa pero aún el pueblo no ha tomado la batuta del enfrentamiento frontal. Llegan a compartir parte de nuestro propio discurso para paralizarnos y tener más vía libre para hacer lo contrario de sus bellas palabras. Fue el caso de Enrique Fuentes Quintana, en su discurso previo de Los Pactos de la Moncloa (1977), donde, tras reconocer que “los principales problemas planteados eran inflación, paro (entonces, mucho menos grave que ahora) y déficit exterior”, habló de que había que actuar para los más débiles y pedía la colaboración responsable de todos los grupos y partidos políticos. Tanto monta monta tanto Enrique (en blanco y negro) como Pedro (en color).

No dudarán una vez más en pretender machacarnos en nombre de salvar a los más machacados. Cierto que juega a nuestro favor las disputas entre facciones de la tramoya política por liderar la gestión de una oligarquía que a su vez tiene menos margen de maniobra nacional e internacional. Hasta les sobran los postureantes que quieren medidas que les den un poco de credibilidad. Ello agudiza los rifirrafes políticos entre el “búnker del régimen” y los nuevos allegados. Debemos ser muy inteligentes preservando nuestra independencia política en medio de esas lides. Especial cuidado, por tenerlos “más cerca”, habrá que abrigar ante la parafernalia demagógica del ala progre que ha “asaltado el cielo”… de las instituciones. Sabedores de que canalizaron la indignación también contra el régimen del 78, nos anestesian con una crítica de los Pactos del 77 para apostar por una segunda edición… pero, eso sí, esta vez a favor de los más débiles, queriéndonos meter de macuto que ahora sí es posible que sean distintos esos pactos versión II.

Es una táctica vieja la que vuelve a darse dentro del oportunismo “progresista”: reconocer lo que los rupturistas vienen afirmando desde hace mucho tiempo -y la crisis confirma sin discusión posible- para trabar la hegemonía de los rupturistas y especialmente dificultar preventivamente la crítica de estos a la segunda edición de los Pactos de la Moncloa (de Reconstrucción Nacional, han elegido decir). Unos pactos que cualquier marxista serio sabe que en el actual estado de podredumbre del sistema serán aún más lesivos desde el punto de vista socio laboral; solo fuera porque los primeros se dieron en una crisis más bien particular de España con mucho mayor margen de maniobra en Europa. Ahora no, ahora hay una fuerte competencia internacional para comerse mercados de países intermedios, tal como ocurrió en Grecia.

Ante la gravedad de la situación que se avecina, no valen paños calientes ni medidas politiqueras. Hace falta un gran pacto, sí. Para enfrentarse a los grandes emporios financieros y empresariales. Un pacto que pase por la Moncloa, claro que sí. Pero para que se sume a la lista de palacios tomados por “quienes ya no pueden soportar más las condiciones de vida” impuestas por esos parásitos. Pasen y vean.

Notas

1 “La lucha de clases no puede confinarse”: http://historica.redroja.net/index.php/noticias-red-roja/opinion/5550-la-lucha-de-clases-no-puede-confinarse