“Podemos vivir sin banqueros, pero no sin personal sanitario, camioneros o trabajadores agrícolas”

Josefina L. Martínez

Conversamos con la historiadora Raquel Varela sobre la situación en Portugal, las huelgas que se dieron de forma espontánea y la prohibición del derecho a huelga por parte del gobierno de Costa.

En medio de días ajetreados, porque la cuarentena no reduce la actividad, sino todo lo contrario, Raquel Varela encuentra un momento para esta entrevista desde su casa en Lisboa. Ella es historiadora, especialista en estudios del movimiento obrero y tiene varios libros publicados, entre los que destacan su historia de la revolución portuguesa (História do Povo na Revolução Portuguesa - 1974-75). De próxima aparición será una historia de Europa desde la Primera Guerra Mundial hasta la actualidad (A People’s History of Europe: From World War I to Today). Reproducimos a continuación algunos fragmentos de esta interesante entrevista, que se puede ver completa en el video.

En España estamos en medio de una crisis aguda, y con el colapso del sistema sanitario. ¿Cuál es la situación ahora en Portugal y qué medidas ha tomado el gobierno del socialista Costa?

El gobierno portugués, como la mayoría de los gobiernos del mundo, no ha reaccionado a las sugerencias de la OMS de tomar medidas serias y tempranas contra la pandemia. Solo las empezó a tomar más claramente por presión social de los portugueses cuando se ha visto la situación catastrófica de Italia.

En Portugal tenemos la ventaja, aparentemente, de la periferia. La pandemia llegó aquí después de Italia y de España, lo que asustó mucho a la población que empezó a sacar a los niños de las escuelas, contra la voluntad del gobierno. Haciendo presión, incluso los directores de los establecimientos de enseñanza para que se cierren.

Al mismo tiempo, en grandes fábricas, algunas veces de forma espontánea y más allá de los sindicatos [los trabajadores] han demando el paro de la producción no esencial y han amenazado con huelgas. Obligando, por ejemplo, en la mayor fábrica que es la Volkswagen, a parar la producción con 100% de sueldo (porque la idea inicial era aplicar suspensiones y que los trabajadores se fueran con menos del 70% del salario y que una parte fuera pagada por la seguridad social).

En estos dos días [antes de anunciar la cuarentena] dieron tiempo a las empresas para despedir en masa. Porque las ayudas a las empresas –en realidad son líneas de crédito–, no vinieron acompañadas de la prohibición de los despidos. Eso dio tiempo a las empresas, incluso empresas importantes como Groundforce en el aeropuerto, que aprovecharon para despedir.

Un ejemplo del estado caótico que está viviendo el Estado, es la situación en el puerto de Lisboa. El puerto tiene un sindicato muy combativo y democrático, y aprovecharon para hacer despidos sumarios de estos estibadores, y aplicar una requisición civil contra los estibadores. El mismo gobierno que no ha aplicado una requisición civil de los hospitales y laboratorios privados. […]

El gobierno de Portugal ha aplicado una medida inédita, que es la prohibición del derecho a huelga. Y esto por parte de un gobierno presentado como “progresista” por muchos sectores en otros países.

Lo que pasó con el estado de emergencia, que es único en Europa, es que fue suspendido el derecho de huelga y el derecho de resistencia. Esto fue aprobado por todos los partidos, incluso el Bloco de Esquerda, y con la abstención –pero no el voto en contra– del Partido Comunista portugés. […]

Hay un sector del movimiento sindical que está exigiendo el cierre de las fábricas no esenciales, incluso ofreciéndose para ser trasladados a sectores esenciales, a la producción para la atención sanitaria, pero el gobierno no ha hecho eso. […]

La traducción práctica de esto es que se han legitimado medidas autoritarias, por primera vez desde el 25 de abril [de 1974] y esta es una cuestión central, porque tenemos por delante una pandemia. Y tenemos una crisis económica y social que ha demostrado de forma inequívoca a la mayoría de la población mundial que el modo de producción capitalista basado en la competencia brutal y la destrucción de los servicios públicos y colectivos acaba por poner en peligro a todo el mundo –a unos más que a otros–. Se dejó al descubierto esta inmensa desigualdad mundial, y por lo tanto la idea de una teoría de shock para legitimar medidas autoritarias, es peligrosísima.

Una pregunta importante es cómo se explica la catástrofe que estamos viviendo, desde el punto de vista del sistema capitalista.

Quería dejar una nota más conceptual y teórica para comprender lo que está pasando. Esta pandemia desde el punto de vista histórico no es una pandemia de las más letales, pero tenemos una población mundial muy aumentada –si tomamos la comparación con la gripe de 1918-20–, pero eso no es lo fundamental. Lo fundamental es la reestructuración productiva de los años 80. Esta reestructuración está basada en dos factores centrales. Uno es la producción en cadena; si paras una parte, paras toda la cadena productiva. Y la otra es la intensificación de la extracción del valor.

Si comparas con la gripe asiática de los años 50, la gente se quedaba enferma en las aldeas, no tenían los servicios de salud que tienen hoy, pero aquello no tenía un efecto catastrófico en la economía como tiene hoy. La diferencia es que había mucha gente en el campo, mucho trabajo doméstico, mucha gente viviendo en las aldeas, y no una concentración en las ciudades. Lo que sucede hoy es que la socialización de la producción se da a nivel mundial, pero los medios de esa producción no están socializados. Entonces la mayor contradicción de este capitalismo en declinación aparece con este virus. Un virus menos letal que los anteriores, pero que surge en una situación económica explosiva.

Para finalizar, tú eres una estudiosa de la Revolución portuguesa de 1974, donde las experiencias de control obrero fueron muy importantes. Hoy desde algunos sectores de la izquierda marxista estamos planteando la necesidad de que la clase obrera pueda dar una salida a la crisis mundial, ejerciendo el control obrero en empresas y lugares de trabajo. ¿Cómo ves esta perspectiva?

La población mundial en este momento no tiene dudas de que podemos vivir sin banqueros, pero no podemos vivir sin profesionales de la salud, sin estibadores, sin camioneros, producción agrícola o personal de limpieza. Entonces, para nosotros es clave la centralidad del trabajo, como producción de valor. ¿Por qué los banqueros no producen dinero ahora para hacer frente a la crisis mundial y resuelven todos los problemas? Porque el dinero no produce valor, solo el trabajo produce valor.

Yo soy una optimista, porque se puede verificar el saber hacer de la clase trabajadora organizada. […] Cuando la gente tiene el trabajo en sus manos, tiene un saber hacer muy importante y pueden hacerse conscientes de que son más fuertes y capaces de gobernar que los actuales gobernantes. Pero hay que matizar mi optimismo con una crisis de organización brutal que estamos viviendo. No hay oposición al neoliberalismo, los partidos que representan a los sectores de trabajadores manuales e intelectuales están devastados, sin una estrategia propia, sin una capacidad propositiva propia. Hay aquí un hiato, aunque si vamos a ser sinceros, la mayoría de las veces en la historia ha sido así. La crisis del Estado, la crisis económica, la crisis política, se acelera mucho más que la organización del mundo del trabajo. Pero si hubo capacidad de respuesta en el pasado, no tiene por qué no haber ahora.

Yo creo que hay señales extremadamente esperanzadoras, cuando vemos a la comunidad científica que espontáneamente ha abandonado las patentes para ver cómo enfrentar el covid, o la capacidad organizativa en el terreno de los profesionales de la sanidad. Soy optimista.